Chema Madoz: la poesía silenciosa de los objetos cotidianos

julio 8, 2026

Una llave que es también un pájaro. Un reloj hecho de cristal donde el tiempo se ve pero no se toca. Una moneda que guarda dentro a otra moneda, como una hucha diminuta. Ninguna de estas imágenes existe realmente en el mundo hasta que Chema Madoz las construye con sus propias manos y las fotografía en blanco y negro, sin título, sin explicación, dejando que sea el espectador quien complete el sentido.

Un madrileño que llegó a la fotografía por casualidad

José María Rodríguez Madoz —Chema Madoz— nació en Madrid en 1958. Estudió Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid entre 1980 y 1983, y fue allí donde tuvo su primer contacto formal con el estudio de la imagen, aunque simultaneó la carrera universitaria con estudios de fotografía en el Centro de Enseñanza de la Imagen de Madrid.

Su llegada a la disciplina tuvo, además, un componente casi anecdótico. Se compró una cámara Olympus con la excusa de un viaje que tenía planeado, y empezó a estudiar fotografía en paralelo; más tarde esa cámara fue reemplazada por una Hasselblad, que es la que sigue utilizando en la actualidad. Su formación autodidacta se dio en los primeros años 80, en plena efervescencia de la Movida madrileña, el movimiento cultural que definió a la España posfranquista.

La Real Sociedad Fotográfica de Madrid le organizó su primera muestra individual en 1984, y en 1988 la Sala Minerva del Círculo de Bellas Artes inauguró su programación de fotografía con una exposición de su trabajo. Dos años más tarde, en 1990, comenzó a desarrollar el concepto de «objetos» que se convertiría en el eje constante de toda su fotografía hasta hoy.

Un lenguaje propio: objeto, boceto y escultura

Lo que distingue a Madoz de casi cualquier otro fotógrafo es que sus imágenes no capturan la realidad: la inventan primero con las manos y después la registran con la cámara. Su proceso creativo sigue siempre el mismo recorrido: primero elige los objetos que formarán parte de su composición, después dibuja un boceto meditando la relación entre ellos y, por último, lleva a cabo el proceso escultórico que dará como resultado la fotografía final.

En su estudio de Galápagar guarda un universo propio de objetos acumulados durante años, de donde selecciona los que necesita para materializar cada idea; a veces parte de un objeto ya elegido, y otras veces lo construye él mismo a partir de otros materiales, en un proceso lento pero continuo. Sobre esa fascinación por lo cotidiano, el propio artista ha explicado: «Es impresionante la carga que tienen los objetos, cómo son algo a lo que nosotros dotamos de esa capacidad evocadora. Los relacionamos con momentos de nuestra vida, con personas, con ideas.»

El resultado final tiene una condición casi escultórica antes que fotográfica. Madoz es, en el fondo, un artista conceptual cuyas fotografías nacen como una idea en la cabeza, ideas que después hace realidad con sus propias manos fabricando o modificando los objetos que finalmente fotografía para dotarlos de ese realismo asociado tradicionalmente a la disciplina.

Minimalismo deliberado: blanco y negro, luz natural, un solo objetivo

La sobriedad técnica de Madoz es, en sí misma, parte del mensaje. Reduce al mínimo toda necesidad técnica, expresiva y plástica: un marco cuadrado, un objetivo normal de 50 mm, blanco y negro, luz natural. Todo queda relegado a la idea y nada la eclipsa, de modo que sus imágenes resultan tan sencillas visualmente que permiten al espectador proyectarse y sumergirse por completo en ellas.

Esa elección del blanco y negro no es casual ni nostálgica. El color no haría más que distraer la atención y quitarle foco al significado de la obra; sus blancos, negros y grises le dan mayor intensidad a la imagen, y ese orden impuesto por el minimalismo facilita la transmisión del mensaje, ya sea una ironía o una metáfora.

Entre el surrealismo, la escultura y la poesía

Situar a Madoz dentro de una sola disciplina es, según sus críticos, prácticamente imposible. No es raro que los historiadores del arte duden a la hora de clasificarlo: lo llaman fotógrafo, pero muchos afirman también que es poeta, o incluso escultor. Sus referencias, de hecho, van mucho más allá de la fotografía pura: sus influencias fluctúan entre literatos como Georges Perec o Gómez de la Serna y artistas surrealistas como Joan Brossa o René Magritte.

Esta filiación surrealista es evidente, aunque con matices propios. Siguiendo los pasos de artistas icónicos como Salvador Dalí y René Magritte, Madoz convierte objetos cotidianos en elementos oníricos y enigmáticos, creando nuevas asociaciones y significados que evocan asombro y extrañeza, invitando al espectador a un mundo donde lo posible y lo imposible se entrelazan. Sin embargo, a diferencia de los surrealistas históricos, que incidían en la introspección onírica, el trabajo de Madoz no busca representar sueños, sino crear un estado de ensoñación despierta a partir de objetos que ya están ahí, transformados en herramientas poéticas.

Su trabajo también se ha comparado con el de otros grandes fotógrafos que jugaron con lo cotidiano, como el húngaro André Kertész. La diferencia clave está en el método: Kertész no inventaba objetos nuevos, sino que aprovechaba la realidad existente para jugar con ella y transformarla explotando las posibilidades de la cámara, mientras que Madoz ha construido su carrera hacia adentro, enriqueciendo su discurso de una manera casi literaria y poética, con una estética inconfundible.

El silencio como método de trabajo

Quienes lo han entrevistado coinciden en describirlo como un hombre reservado, casi monástico en su manera de observar. >Habla despacio, le gusta el ritmo lento y también el silencio: rasgos que parecen necesarios en alguien que observa de una manera distinta los detalles más pequeños. Su comisario Borja Casani lo resume con una frase que condensa todo su método: «Las fotos de Chema, al final, son el retrato fotográfico de una idea.»

Esa búsqueda de la simplicidad es, para Madoz, una forma de belleza en sí misma. Persigue una imagen «muy parca, casi monacal», despojada de significado habitual para ofrecérsela sin adornos a la imaginación de quien la mira. Y quizás por eso nunca titula sus fotografías: el objetivo del artista nunca es imponer una interpretación —ni siquiera pone título a sus obras—, sino abrir los sentidos del espectador y tirar de los pensamientos y emociones que guarda en lo más profundo de sí mismo.

Reconocimiento y proyección internacional

Ese lenguaje visual, tan sencillo como profundo, le ha valido a Madoz un lugar propio en la fotografía contemporánea española e internacional. Ha ganado el Premio Nacional de Fotografía de España (2000), el Premio PHotoEspaña (2000), el Premio Higashikawa para Fotógrafos Extranjeros (2000) y el Premio Bartolomé Ros (2019).Es considerado el fotógrafo español con mayor proyección internacional, gracias a un lenguaje fotográfico cercano y accesible, sumado a un cuidado inconfundible de la luz y los materiales que utiliza.

Por qué su obra sigue conmoviendo

Lo verdaderamente singular de Chema Madoz es su capacidad de emocionar sin necesidad de explicar nada. Aunque sea un artista con un lenguaje propio, capaz de evocar nuestras emociones más profundas a partir de los objetos más mundanos, sus fotografías consiguen conmover tanto a niños como a adultos —algo que muy pocos artistas logran, y no solo en España.

En un mundo saturado de imágenes rápidas y desechables, la obra de Madoz propone justamente lo contrario: detenerse frente a un objeto conocido —una llave, un reloj, una jaula— y descubrir que, bajo la mirada correcta, puede convertirse en otra cosa completamente distinta. No hay trucos digitales ni artificios ocultos: solo paciencia, un boceto y una idea que, tarde o temprano, termina resuelta en blanco y negro.