
La belleza cotidiana de Enrique Leyva
Hablar de lo cotidiano es hablar de lo que vemos a nuestro alrededor como parte de nuestro entorno, de aquello que está pasando frente a nosotros y que reconocemos pero no nos detenemos a contemplar. Las texturas de las paredes en las calles, los lugares populares, la silla de plástico, los patios, la abuela que trenza el cabello en la puerta de la casa: imágenes que hemos normalizado tanto y son tan nuestras, que se vuelven invisibles.
La fotografía de Enrique Leyva (Oaxaca, 1993) existe para revertir esa invisibilidad, para devolverle a lo cotidiano el rango de contemplación que siempre mereció.






Y la belleza, en su obra, viene de la luz a las texturas, pasando por la piel, las miradas y el entorno. Leyva establece un discurso a partir de las creencias populares, de esos entornos donde el arte sacro sobrevive en el subconsciente colectivo — lo suficiente para ser reconocido en los tocados escultóricos que corona sobre las cabezas de sus modelos. Coronas de agave, penachos, gorgueras de olanes que citan a la pintura virreinal: piezas que no son utilería sino territorio convertido en investidura. Sus modelos, mientras tanto, restablecen la configuración de lo que la fotografía editorial dictaba como estereotipo o canon: rostros morenos, cuerpos diversos, ancianas y niñas que la industria de la moda jamás consideró musas, retratados con la solemnidad que el retrato colonial reservaba para virreyes y santos.
Ahí está la operación central de su trabajo: la pose hierática. Sus retratados no son sorprendidos en un gesto; son presentados, erguidos, frontales, sostenidos en un tiempo que no es el del instante sino el del rito. No posan para nosotros — se nos imponen. Y ese tratamiento, aplicado a una señora que carga un cántaro de barro o a un joven que sostiene un gallo entre los brazos, es en sí mismo un acto de restitución. La dignidad no se agrega en la edición: se construye en la manera de mirar.
Leyva llegó a la moda por un camino improbable. Formado en la órbita de la escuela Manuel Álvarez Bravo, en una Oaxaca donde el documentalismo es casi religión, se soñaba fotógrafo documental y desconfiaba de la foto de moda, que le parecía superficial. Estudió diseño industrial, y fue en una clase de fotografía de moda donde entendió que el género podía ser otra cosa: un vehículo para decir lo que el documental dice, con las herramientas de seducción que solo la moda posee. Hoy se define como fotógrafo documentalista de moda, una etiqueta híbrida que él mismo acuñó y que resume su método: el rigor del que observa un territorio real, con la puesta en escena del que construye una imagen deseable.
El resultado ha desbordado cualquier expectativa regional. Su trabajo ha aparecido en Vogue, GQ, Harper’s Bazaar y Esquire, y ha colaborado con casas como Dior, Carolina Herrera y Willy Chavarria. En 2020 firmó un parteaguas: la sesión que llevó a Karen Vega a convertirse en la primera modelo indígena oaxaqueña en la portada de Vogue México. De ese momento nació Talento Espina, la agencia que cofundó para representar talento indígena mexicano — porque Leyva entendió que no bastaba con cambiar las imágenes: había que cambiar la infraestructura que decide quién aparece en ellas. En 2024, Business of Fashion lo incluyó en su lista BoF500, el índice de las personas que están transformando la industria global de la moda. Todo esto sin mudarse a las capitales: su estudio sigue siendo Oaxaca, sus locaciones los patios, los mercados y los cerros donde creció.
Su biografía en redes condensa el proyecto en tres palabras: vestigios de un pasado-presente. Porque eso son sus fotografías — evidencia de que lo ancestral no quedó atrás, sino que camina entre nosotros con huaraches y sombrero de palma, esperando que alguien lo mire con la reverencia debida. El huipil bordado a mano que toma meses de telar cumple, es, en rigor, una definición de alta costura: pieza única, hechura manual, saber de taller transmitido por generaciones. Solo que nadie lo había nombrado así, porque la etiqueta estaba reservada para «marcas de moda». Leyva la reclama con cada imagen.
Quizá esa sea la lección más honda de su trabajo, y la que nos toca de cerca a quienes fotografiamos desde nuestros propios territorios: la belleza cotidiana no necesita ser importada ni disfrazada. Necesita ser vista. Lo que Leyva hizo con los adobes y los agaves de Oaxaca está esperando ser hecho con cada esquina que reconocemos y no contemplamos. La pregunta que nos deja su obra es incómoda y luminosa a la vez: ¿qué estamos dejando de ver en el paisaje que atravesamos todos los días?
Enrique Leyva es fotógrafo, nacido en Oaxaca en 1993. Es cofundador de la agencia Talento Espina y miembro de la clase 2024 del BoF500. Su trabajo puede verse en @enriqueleyva_.