Moby, el fotógrafo detrás del músico

julio 8, 2026

Cuando se piensa en Moby, lo primero que viene a la mente es su música: el techno melancólico de Play, los samples de blues y gospel, las giras interminables. Pero desde hace más de cuatro décadas, Richard Melville Hall —su verdadero nombre— también ha estado mirando el mundo a través de un visor. La fotografía no es un hobby tardío ni un capricho de celebridad aburrida: es una práctica que empezó antes que su carrera musical y que ha corrido en paralelo durante toda su vida.

Una vocación que nació a los diez años

Moby recibió su primera cámara, una Nikon F, de manos de su tío Joseph Kugielsky, fotógrafo del New York Times. Ese regalo marcó el inicio de una relación con la imagen que se profundizó durante la secundaria, cuando empezó a disparar con esa Nikon y con una Yashica Mat de formato 120, y que se consolidó a los diecisiete años, cuando construyó un cuarto oscuro en el sótano de su casa. Más tarde estudiaría filosofía y fotografía en la SUNY Purchase, pasando incontables horas revelando e imprimiendo, tanto para él como para otros.

Durante décadas, sin embargo, Moby evitó llamarse a sí mismo «fotógrafo». La sombra de su tío y de los grandes maestros a los que este lo había expuesto de niño —André Kertész, Edward Steichen, Dorothea Lange, Irving Penn— le generaba un respeto casi paralizante hacia el oficio.

El salto a lo público: «Destroyed»

Ese pudor se rompió recién en 2011, cuando publicó Destroyed, su primer libro de fotografía, coincidiendo con el álbum del mismo nombre. El proyecto surgió de una idea muy simple: durante una gira, Moby se propuso dos tareas paralelas, componer música y documentar con su cámara la rareza de la vida en la carretera. El resultado fue un libro de 128 páginas con 55 fotografías tomadas alrededor del mundo, publicado por el sello editorial italiano Damiani.

Destroyed retrata el insomnio y el desarraigo de un músico en gira: pasillos de hoteles vacíos a las tres de la mañana, aeropuertos desiertos, camerinos anónimos iluminados con luz fluorescente, y en contraste, multitudes de decenas de miles de personas vistas desde el escenario. Esa yuxtaposición entre la soledad extrema y la masa humana es el eje conceptual del libro. El propio título nace de una imagen real: un cartel de seguridad en el aeropuerto de La Guardia que advertía que el equipaje sin dueño sería destruido.

Moby explicó que uno de sus objetivos era invertir la lógica habitual: presentar lo normal como extraño y lo extraño como normal. Sus fotografías de giras se alejan deliberadamente del imaginario clásico del «rock star on tour» —el glamour, la fiesta, el backstage triunfal— para mostrar en cambio el vacío, la monotonía y una suerte de belleza accidental en los espacios de tránsito.

El libro tuvo exposiciones asociadas en galerías de Madrid, Copenhague, Los Ángeles, Washington D.C. y Nueva York, además de charlas en lugares como el Apple Store de Regent Street en Londres.

Innocents y la vida después de la gira

Tras Destroyed, Moby continuó explorando el lenguaje fotográfico con series posteriores, entre ellas una vinculada a su disco Innocents, donde exploró una estética más onírica y escenificada, con personajes enmascarados y ambientadas en paisajes desolados, casi post-apocalípticos. Ya instalado en Los Ángeles, también dirigió su cámara hacia la arquitectura de su nueva ciudad, publicando esas imágenes junto con reflexiones sobre lo que representaban para él.

Una mirada, dos oficios

Lo que distingue el trabajo fotográfico de Moby no es solo la calidad técnica —forjada en años de cuarto oscuro— sino la manera en que dialoga con su música. Él mismo ha señalado que el disco y el libro Destroyed no cuentan la misma historia con medios distintos, sino que comparten origen: fueron hechos por la misma persona, en el mismo período, en los mismos espacios. Ambos hablan de aeropuertos vacíos y camerinos anónimos, ambos iluminados por esa misma luz fluorescente que se convirtió en su color emocional distintivo.

Para Moby, la fotografía tiene además una cualidad que valora frente a otras formas de arte: es la menos exigente para el espectador. Una canción o una película imponen su propio tiempo de consumo; una fotografía, en cambio, puede mirarse un octavo de segundo al pasar o contemplarse durante minutos, de cerca o de lejos, y esa libertad es parte de lo que la vuelve entrañable.

Más de treinta y cinco años después de aquella primera Nikon F, Moby sigue cargando una cámara a todas partes. La música lo hizo famoso, pero la fotografía —silenciosa, paciente, empezada mucho antes— parece ser la disciplina que mejor explica cómo mira el mundo.