
Robert Frank: la mirada de un extranjero sobre Estados Unidos
Hay libros de fotografía que cambian el rumbo de un medio entero. The Americans, de Robert Frank, es probablemente el ejemplo más claro de ello en la fotografía del siglo XX: una obra que fue recibida con desprecio en su momento y que hoy se estudia como uno de los proyectos fotográficos más influyentes de la historia.
De Zúrich a Nueva York
Robert Frank nació el 9 de noviembre de 1924 en Zúrich, Suiza, en el seno de una familia judía acomodada. Se inició en la fotografía siendo adolescente: entre los 17 y los 20 años trabajó como aprendiz junto a varios fotógrafos y diseñadores gráficos suizos, entre ellos Hermann Segesser y Michael Wolgensinger, de quienes aprendió no solo técnica sino también el oficio de organizar y catalogar hojas de contacto. En esos años recibió también la influencia de fotógrafos suizos como Gotthard Schuh, Paul Senn y Jakob Tuggener.
En 1947 emigró a Estados Unidos y comenzó a trabajar como fotógrafo de moda para Harper’s Bazaar. Viajó por Sudamérica y Europa, y en 1950 volvió a instalarse en Nueva York, donde conoció a Edward Steichen, quien lo incluyó en la exposición colectiva 51 American Photographers en el MoMA. Ese mismo año se casó con la artista Mary Lockspeiser, con quien tendría dos hijos, Pablo y Andrea.
El viaje que lo cambió todo
En 1955, con el apoyo de figuras como Walker Evans y Alexey Brodovitch, Frank obtuvo la beca Guggenheim. Ese respaldo le permitió emprender, entre 1955 y 1957, un largo viaje por carretera a través de Estados Unidos, acompañado en algunos tramos por su esposa y sus hijos, y solo en otros. Recorrió más de 40 estados en un Ford Business Coupe de segunda mano, durmiendo en moteles baratos o en el propio coche, fotografiando gasolineras, oficinas de correos, tiendas, funerales, mítines políticos y la vida cotidiana de la gente de la calle.
De ese recorrido salieron cerca de 28.000 negativos. Frank pasó meses revisando las hojas de contacto, positivando alrededor de mil imágenes y buscando después una estructura, un ritmo casi musical para el conjunto. El resultado final fueron apenas 83 fotografías, organizadas no de manera cronológica sino siguiendo la emoción y la intuición.
Un libro que incomodó a un país
Frank no logró publicar el proyecto en Estados Unidos. Fue el editor francés Robert Delpire quien, entusiasmado con el trabajo, lo publicó en 1958 bajo el título Les Américains. Un año después llegó la edición estadounidense, The Americans, de la mano de Grove Press, con una introducción escrita por Jack Kerouac, a quien Frank había conocido poco antes en Nueva York.
La recepción inicial fue durísima. La revista Popular Photography calificó sus imágenes de opacas y descuidadas, con exposiciones turbias y horizontes torcidos. A Frank se le acusó de antiamericano y hasta de «antifotógrafo»: el libro mostraba una nación desigual, marcada por el racismo, el consumismo y la soledad, muy lejos del optimismo oficial de la América de posguerra. Incluso el propio MoMA se negó en un primer momento a vender el libro en su tienda.
Con el tiempo, sin embargo, The Americans se convirtió en el título de referencia obligada para entender el giro que dio la fotografía documental hacia un lenguaje más personal y subjetivo. El estilo de Frank —desenfoques deliberados, encuadres inesperados, grano visible, ausencia de cualquier lección moral explícita— rompía con los estándares del fotoperiodismo de la época y abría la puerta a una fotografía que podía ser, al mismo tiempo, testimonio social y expresión artística.
El giro hacia el cine
Tras el impacto —tardío pero definitivo— de The Americans, Frank se alejó parcialmente de la fotografía fija para dedicarse al cine. En 1959 realizó Pull My Daisy, escrita y narrada por Kerouac y protagonizada por Allen Ginsberg y otras figuras del círculo Beat, presentada durante años como un ejercicio de pura improvisación beat. Llegó a filmar más de veinte películas y documentales a lo largo de su carrera, entre ellos Cocksucker Blues (1972), su crudo retrato de la gira estadounidense de los Rolling Stones, y Candy Mountain (1987), que ganó una Concha de Plata.
El regreso a la fotografía y los últimos años
En los años setenta retomó su trabajo fotográfico con la publicación de Lines of My Hand (1972), un libro descrito muchas veces como una autobiografía visual, compuesto en gran parte por imágenes de su propia vida y su entorno cercano. En esta etapa experimentó también con collages, composiciones y manipulación de negativos, alejándose deliberadamente del estilo documental por el que se le conocía.
Frank se separó de Mary Lockspeiser en 1969, y en 1971 se casó con la escultora June Leaf, con quien se trasladó a la comunidad de Mabou, en Cape Breton Island, Nueva Escocia, un lugar remoto que se convertiría en su refugio durante las siguientes décadas. En 1996 recibió el Premio Hasselblad, y en 2007 el premio PHotoEspaña Baume et Mercier, en reconocimiento a toda su trayectoria.
Robert Frank murió el 9 de septiembre de 2019 en su casa de Nueva Escocia, a los 94 años.
Un libro que sigue incomodando
Más de sesenta años después de su publicación, The Americans sigue funcionando casi como una prueba de lectura: obliga a mirar despacio, a preguntarse por qué una imagen aparentemente banal —una bandera, un jukebox, una sala de espera— puede contener tanta tensión social. Frank no buscaba ilustrar un argumento ni ofrecer una conclusión; buscaba, como él mismo insistía, capturar la humanidad de un instante. Esa negativa a moralizar, unida a un lenguaje visual radicalmente personal, es lo que convirtió a un fotógrafo suizo recién llegado a América en uno de los cronistas más certeros —y más incómodos— del propio país que retrató.